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Los asientos de los abuelos son la imagen más nítida de mi infancia. Solo estaban vacíos cuando iban al baño o a dormir. Durante las numerosas tardes en su casa mi hermano jugaba con mi abuelo al ajedrez, mientras yo miraba sin comprender aquel complejo juego . Cuando llegó el día en el que el abuelo faltó, me sentaba en su sillón para acompañar a la abuela mientras le relataba mil y una aventuras. Tal vez por eso prefiero sentarme en un sillón antes que en el sofá, porque en ellos encuentro continuamente el recuerdo de su presencia.
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