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La cocina conserva un olor agradable, familiar.
El tic-tac constante del reloj y el zumbido suave de la nevera acompañan el espacio, marcando un tiempo doméstico, casi humano. Es, quizá, el lugar más cercano y habitable de la casa, donde lo cotidiano se vuelve esencial.

Aquí, una comida casera despierta algo profundo: basta un sabor para que la infancia regrese, para que la memoria atraviese el cuerpo y alcance las papilas gustativas. En este espacio, el recuerdo no se mira, se siente.

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