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Cuando era una niña no entendía porque los platos más bonitos de la casa estaban colgados en la pared y no se utilizaban para comer en los días especiales. Ahora comprendo que los paisajes y patrones que aparecían en la colección de mi abuela eran para contemplarlos, sin embargo, una pequeña parte de mi aún conserva el sueño imposible de mi infancia: comerme un huevo frito con patatas sobre el plato del monasterio de la Rábida
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