
Este lugar tiene tantos objetos acumulados que podría quedarme horas observándolo.
Cada vez que poso la mirada en un rincón distinto, descubro algo nuevo: las muñecas, la litera, los peluches. Yo también tuve muchos así cuando era tan solo una cría.
Es curioso cómo desarrollamos apego hacia ciertos objetos, hasta convertirlos en pilares silenciosos de nuestra vida. Cuando se rompen, una parte de nosotros parece quebrarse con ellos. Otros, en cambio, se disuelven en la memoria, como si nunca nos hubieran pertenecido. Quizá sea en la infancia cuando aún somos capaces de comprender que estos objetos inanimados no importan por un materialismo egoísta, sino por un apego genuino, una forma sencilla de paz. Un objeto capaz de hacernos sentir a salvo, como si fuera un hogar.









