
El sonido de los pájaros resulta reparador. El olor de la hierba recién cortada y la suave brisa que mece las hojas de los pinos se entrelazan en una especie de sinfonía constante, casi hipnótica. Todo sucede sin prisa, como si el tiempo aquí siguiera otro ritmo, ajeno a cualquier urgencia.
Las cosas, aquí fuera, están sucias y envejecidas. La materia acusa el paso de los años, pero nada parece fuera de lugar, nada sobra. Cada objeto, cada resto, ocupa su sitio con una naturalidad extraña, como si el abandono también tuviera su propia forma de orden.
La enredadera ha crecido demasiado. Sus ramas avanzan sin permiso, se adhieren a las paredes, invaden el espacio. No sé si alguien se encarga aún de cuidarla o si simplemente ha aprendido a sobrevivir sola. En su crecimiento descontrolado hay algo inquietante, pero también una persistencia tranquila, como si el lugar se negara a desaparecer del todo.







